Esclavos y libres, dos formas antagónicas de entender el mundo

Esclavos y libres, dos formas antagónicas de entender el mundo

Artículo de Paco Rubiales
  • La verdadera división es entre «despotismo» y «liberalismo», o lo que es lo mismo, entre los que quieren prefieren ser esclavos y los que quieren ser libres
  • Basta dar un vistazo al mundo para descubrir que los déspotas están ganando la batalla por goleada
  • Los políticos son los principales culpables del gran deterioro de la política y de los derechos y libertades

La división del mundo político en «derechas» e «izquierdas» es irreal, estúpida, inexacta y un invento de la clase política, que utiliza esa dicotomía «derecha-izquierda» para dividir, enfrentar y cosechar votos. La verdadera división es entre «despotismo» y «liberalismo», o lo que es lo mismo, entre los que quieren prefieren ser esclavos y los que quieren ser libres. Los que tienen vocación de esclavos adoran al Estado fuerte, buscan un poder que lo solucione todo y son enemigos de las libertades, mientras que los amantes de la libertad defienden al individuo frente al poder, al que luchan por limitar y controlar porque siempre tiende a ser despiadado.

Sin la menos duda, soy de los que aman la libertad y están dispuestos a dar la vida por ella, lo que me impide ser socialista, comunista, fascista e, incluso, militante de uno de esos partidos que exigen sometimiento al líder y anteponen la lealtad al grupo al bien común y al interés general.

La política mundial está dividida en dos bloques: por un lado el despotismo, que somete a los ciudadanos y utiliza el intervencionismo del Estado fuerte para dominar y cambiar el mundo, y por otro el liberalismo, que tiene como fundamento y como razón última la defensa de las libertades y derechos y limitar el poder despótico, sea cual sea su fuente, para permitir el desarrollo del individuo en sociedad.

El despotismo defiende el predominio del Estado sobre la sociedad y de lo colectivo sobre lo individual, mientras que el liberalismo se atrinchera en la persona y la defiende de sus enemigos déspotas, sobre todo de un Estado al que considera como el peor depredador inventado por el ser humano.

Basta dar un vistazo al mundo para descubrir que los déspotas están ganando la batalla por goleada. Es cierto que el comunismo, principal defensor del despotismo estatal, prácticamente ha dejado de existir en el mundo, pero quedan muchos millones de comunistas camuflados en la vida pública, muchos de ellos encuadrados en partidos socialistas, en populismos, nacionalismos e incluso en partidos de derecha infectados de leninismo.

A los adoradores del Estado, muchos de ellos disfrazados de demócratas, que se han apoderado el poder en muchos los países del mundo, les ha servido de excusa el principio de que lo colectivo debe prevalecer sobre lo individual, una falsedad que encubre abusos, liberticidios e iniquidades. Respetar al ser humano concreto es la clave, no el respeto a lo colectivo, que es fácilmente eludible y se presta a engaños.

No es fácil distinguir la paja del trigo en nuestro planeta político. Hay países como Cuba o Corea del Norte donde las conquistas liberales han sido claramente aplastadas, pero hay que reconocer que en la mayoría, por lo menos formalmente, se respetan principios como la división de poderes, la separación Iglesia-Estado, la igualdad ante la ley, los derechos y las libertades de expresión e información, principios y valores que forman parte del acerbo común.

El diagnóstico es complejo porque los poderosos han aprendido a mentir, camuflar y confundir. Las libertades y derechos son formalmente respetados, así como la democracia como sistema, pero en realidad las libertades y derechos están conculcados y debilitados, mientras la democracia ha sido degradada hasta extremos insoportables, destruyendo desde el poder sus principales defensas, cautelas y contrapesos.

En teoría existe la libertad de información, pero la mayoría de los medios están comprados y al servicio del poder; Existen los derechos humanos básicos, pero se violan a diario desde el poder político, como, por ejemplo, el derecho a una vivienda digna, garantizado por la Constitución Española, pero sin vigencia real alguna. La ley no es igual para todos, aunque formalmente sí lo es, ni se respeta el ámbito de la sociedad civil, que ha sido ocupada poco a poco por el poder político, ni se respeta la privacidad, ni las elecciones, que son el corazón de la democracia, están libres de manipulación y trampas, como las listas cerradas y bloqueadas, las trampas en los recuentos de votos, los pactos contra natura, sólo sellados para acceder al poder, el incumplimiento de las promesas electorales o la convivencia del poder político con la corrupción, el abuso y otros muchos vicios contrarios a la democracia y a las libertades y derechos.

No cabe duda de que los políticos son los principales culpables del gran deterioro de la política y de los derechos y libertades, pero también es cierto que los ciudadanos cometimos el error de pensar que las conquistas que se habían logrado eran irreversibles.

Algunos ilusos hasta hablaron del «fin de la historia» cuando el liberalismo y la sociedad abierta consiguen su triunfo más resonante con el derribo del muro de Berlín y el fin del socialismo real, ignorando de manera temeraria que los enemigos de la libertad y de la verdad jamás descansan, salen de los cascotes de su imperio del terror derruido y disfrazan el viejo comunismo asesino de socialismo moderado, nacionalismo, indigenismo, populismo, feminismo o cualquier otro ropaje que sirva para el engaño y la opresión, ante la torpeza y la indiferencia de una ciudadanía que ignora, una y otra vez, que el precio de la libertad es una vigilancia permanente del poder.

Hay reflexiones y pensamientos que los hombres libres deberían tener siempre presentes, sin olvidarlos jamás. Uno de ellos es que la «igualdad ante la ley» es una cosa y que la «Igualdad por ley» es otra. Pero lo que hay que defender con mayor fuerza es la democracia real y auténtica, que es un destilado del liberalismo, el único sistema que respeta la división de poderes, las libertades y los derechos individuales. La falta de vigilancia ciudadana ha hecho posible que los adoradores del Estado, ya sean autoritarios verticales o totalitarios travestidos, hayan podido desvirtuar y degradar la democracia hasta convertirla en un refugio de sátrapas, corruptos y dictadores.

Frente a los déspotas, que jamás respetan los principios y las leyes, sólo hay dos defensas, que son la fuerza de los demócratas y el rigor de la ley. Si los déspotas no tienen respeto a la virtud y los valores, por lo menos que tengan miedo a la ley. Pero si, como ha ocurrido en países desgraciados, como España, los ciudadanos han permitido que los peores individuos de la sociedad y los más antidemocráticos y corruptos controlen el Estado, entonces han permitido también que los gobiernos fabriquen esclavos, que las leyes sean desiguales, que los jueces sean sometidos, que los medios de comunicación estén al servicio del poder y, en definitiva, que la democracia sea degenerada y el despotismo se imponga sobre el liberalismo, las libertades, los derechos y los grandes valores.

La izquierda ha olvidado que debe su existencia al liberalismo, que fue quien introdujo las ideas de limitación del poder, de igualdad de los hombres ante la ley, de derechos fundamentales; etc., pero esa izquierda se hizo socialista y construyó una ideología para aprovecharse de la envidia, para igualar por debajo y, efectivamente, para establecer una tiranía.

El liberalismo es resultado de la filosofía griega, de las tesis estoicas, de las Sagradas Escrituras y de tradiciones libertarias que se han desarrollado en Occidente a lo largo de la historia, con la libertad humana siempre como protagonista.

Las legiones del despotismo no descansan en su asalto a la fortaleza de las libertades. Hoy las legiones no son únicamente las integradas por el viejo socialismo, sino que se han incorporado al asalto también los ejércitos del populismo, que es un socialismo reencarnado en doctrinas progresistas varias y las peligrosas tropas de la derecha extrema, llenas de vigor ante la debilidad de los defensores de las libertades en todo el mundo. Todos ellos son especies de pescadores que se benefician de los ríos revueltos.

Hay un pensamiento de Tocqueville que retrata el momento presente del mundo y que sirve de maravillosa advertencia. Dice que «en el momento en que los partidos políticos son incapaces de suscitar ninguna adhesión y en cambio sólo son capaces de granjearse el odio, y de atender más a la enemistad que tienen entre si que al deber que tienen hacia la gente, hay que prepararse a la servidumbre porque el amo está cerca».

Eso es, milimétricamente, lo que está ocurriendo en la desgraciada España, hoy en manos de falsos demócratas que adoran el Estado imponente, desprecian la democracia y son expertos en fabricar esclavos.

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