Escribir después de Sánchez

Artículo de Félix Ovejero

El final de ETA sembró patologías morales que han quedado enquistadas para siempre en nuestro ecosistema político. Aquel lema, “Otegi ha hecho un discurso por la paz”, facturado por Zapatero, condensaba impecablemente la enfermedad. Pasearon el lema y pasearon al personaje, incluso por el Parlamento Europeo, de la mano de Podemos y con el PSOE en su inequívoca posición habitual: silbando. Entre los muchos trastornos de aquellos días hubo dos cuya sombra todavía se proyecta sobre nuestro perímetro moral y que, a mi parecer, ayudan a entender que estemos como estamos. Incluidas las condolencias del presidente del Gobierno.

El primer trastorno, un clásico muy del gusto de los nacionalistas vascos y de no pocos socialistas, se manifestaba en las amonestaciones a los asesinos. Asomaba en recomendaciones como «los esfuerzos de ETA no son suficientes» o «ETA tiene que comprender que su única opción es disolverse y entregar las armas». Se sermoneaba al chico díscolo a ver si mejoraba su conducta. La reconvención era solo el paso preliminar al entusiasmo ante las buenas señales, incluso por no aparcar en zona azul. Debíamos sentirnos felices cuando cumplían la ley. O cuando lo intentaban. El comportamiento normal de los ciudadanos, en su caso era un mérito. Como si celebrásemos que alguien no le pegue a su pareja. No descuiden el trasfondo: asumían que nuestras admoniciones o nuestras decepciones le importaban a ETA. Quien reprocha presume la honorabilidad del recriminado. Confía en que hará lo posible por corregirse. A la espera de que Al Capone se ruborice ante una regañina por un retraso en el pago de los gastos de la comunidad de vecinos.
El segundo trastorno: el agradecimiento al hombre de paz. Fue muy paseado entre periodistas y reciclado hace bien poco por Zapatero, pertinaz en la defensa de sus pocas ideas. Asombroso. Y más en nuestro país, tan enfáticamente moralista. Savonarolas dispuestos a arruinar la vida de un político por copiar en un examen de primaria o por tener un amigo con un primo con un cuñado cuyo padre fue falangista, se conmovían ante los menores gestos que creían encontrar en un voluntarioso subordinado de ETA, que nunca se ha disculpado por lo que hizo y que se muestra orgulloso de las ideas en cuyo nombre lo hizo: ideas que, nunca se olvide, explican su barbarie práctica, inseparable de la barbarie doctrinal nacionalista. Pero sí, cada gesto se celebraba. Mejor dicho: no es que lo celebráramos, es que debíamos agradecerlo. Y ya saben el trasfondo de todo agradecimiento: la deuda era nuestra. Le debíamos la paz. Algo que solo era cierto en un sentido elemental: Otegi era condición necesaria de la paz, como Hitler lo era del final de la segunda guerra mundial.
Tales despropósitos se sostenían en mecanismos psicológicos bien conocidos, casi todos derivados de la humana necesidad de decorar la propia biografía y escamotearnos cobardías y renuncias, con su poquito de síndrome de Estocolmo. Los mecanismos apuntalaban una distorsión cognitiva fundamental: se asumía que ETA compartía los códigos morales convencionales. Reconvenciones y agradecimientos solo resultan inteligibles bajo ese supuesto. Todo reproche moral es un acto de confianza. Un modo de decirle a alguien que creíamos que podía actuar de manera distinta a como lo hizo. Solo nos decepcionan aquellos en quienes confiamos. Creíamos compartir una trama de complicidades y, si acaso, con suerte, un día descubrimos que no habíamos entendido nada.
El recordatorio precedente viene a cuento de cómo encarar el erial moral del Gobierno. Su falta absoluta de escrúpulos. Sencillamente, todo le da lo mismo. Por eso no resulta sorprendente que incurra –y hasta se enorgullezca de incurrir– en cada una de las conductas que en otro tiempo condenaba. Como quien, después de reprochar a otro que fume, le pide fuego para encenderse un cigarro. Hay un hilo perfectamente reconocible que lleva desde la tesis doctoral de Sánchez hasta la vía polaca, la reforma inconstitucional del gobierno del poder judicial. El desorden moral no radica tanto en lo que intentan hacer –que los jueces no les compliquen la vida, algo común a todos los gobiernos– sino en el cómo y, todavía peor, en las reacciones cuando se les descubren las cartas. Sicilianas. Ni siquiera la concesión de la hipocresía, el repertorio tan del oficio: “estoy dispuesto a colaborar con la justicia”, “tengo plena confianza en la justicia”. No, es el tono intimidatorio, impúdico: “están usando todos los medios para hacer caer a este Gobierno”, “es inconcebible que se aceptase la petición del juez”. Sin que falte el toque catalán: se me imputaría por mis ideas. Se está juzgando a Marx. Lo mismo que cuando La Nueva Gaceta Renana.
Creo que ha llegado la hora de tomarse en serio la repetida frase: “todo les da lo mismo”. Y ser consecuentes. Si las cosas son así –y me temo que lo son– para empezar, no podemos seguir escribiendo como hasta ahora. Y es que buena parte de los artículos de opinión, comenzando por los editoriales, operan sobre un contrafáctico: lo que se hace se tasa sobre el trasfondo de lo que se debía haber hecho. Quejas, lamentos y desaprobaciones, esto es, demostraciones de confianza. Un género que pierde todo sentido con quien está fuera de las tramas morales convencionales. Sucede con Orban, Bolsonaro, Putin o Trump. Y con el Gobierno de Sánchez. Es como comunicarse con un ciego mediante el sistema de banderas. Un sinsentido que conduce al absurdo: no descarto que acabemos por agradecer al Gobierno por no aparcar en zona azul. O alegrándonos ante la mínima señal de cordura, como ha pasado más de una vez con la ministra de Trabajo, en estado permanente de rectificación. A respetar la ley le llamamos “moderación”. Como cuando ETA. Y para quienes flaqueen en conceptos lógicos elementales: una semejanza de relaciones no es una relación de semejanza.
La política es argumento moral, en sus mejores ratos, y poder y fuerza desnuda en los otros, los más frecuentes. Con todo, rara vez es solo poder y fuerza desnuda. Pero cuando eso sucede, cuando se imponen los procedimientos del hampa, cuando la mendacidad y el chantaje son los únicos códigos reconocibles, no hay lugar para las admoniciones. Viene a ser como reconvenir a la Tierra por el estallido de un volcán. Resignadamente, nos toca asumir que, cuando se degrada la política de las razones, a quienes confiamos en la razón solo nos quedan la ley y la justicia. Eso que, quienes se saltaban la ley y habían envilecido la política, llamaban la judicialización de la política. Las leyes, debidamente gestadas, son deliberación cristalizada. Argumentos. La última resistencia de la buena política. Ya no cabe el honor del reproche.

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