Ojos y oídos

Artículo de Luis Marín Sicilia

Los seres humanos estamos dotados de ojos para ver y oídos para escuchar, miembros ambos que emiten señales a nuestro cerebro para que, procesándolas adecuadamente, nos permitan sacar conclusiones, algunas de ellas trascendentes para nuestra experiencia vital. Con esos dos órganos esenciales estamos comprobando, de forma escandalosa y sorprendente, hasta dónde puede llegar la ambición desmesurada de poder y la manipulación insolvente de la realidad.

Pensábamos que no se podía llegar más lejos de la iniquidad que supuso la concesión de indultos a quienes no solo no se arrepintieron de su desafío rupturista a la integridad y permanencia de la  Nación española, sino que ni siquiera se comprometieron a respetar en el futuro la ley que a todos nos obliga para perseguir sus fines políticos. Pues bien; un Gobierno prisionero de los enemigos de la unidad y del sistema democrático vigente ha anunciado a bombo y platillo que eliminará el delito de sedición que estorba a sus socios para repetir la jugada. Y como quiere verlos de nuevo en activo político, concurriendo a próximas convocatorias electorales, endulzará la malversación para que puedan seguir apropiándose del dinero de nuestros impuestos con total impunidad mientras quedan liberados de la obligación de restituir gran parte de lo indebidamente sustraído.

Por si fuera poco, nuestros ojos y oídos constatan la resistencia con la que, de manera bien orquestada, los socialistas andaluces se resisten a asumir las consecuencias del mayor caso de corrupción coral producido en la democracia vigente. Al margen de la legítima defensa humanitaria de los condenados, siempre respetable, es inconcebible la constante apelación a considerar inocentes a quienes sentencias firmes han calificado, sin ningún tipo de matices, como culpables de delitos de corrupción.

Hay un principio jurídico en la esfera penal, que forma parte del derecho a la presunción de inocencia, conocido como “in dubio pro reo”, en cuya virtud cualquier duda fundada sobre la culpabilidad del acusado debe implicar la absolución del mismo. Ese principio, una vez dictada sentencia, no tiene ya ninguna virtualidad porque el juzgador ha valorado todas las pruebas aportadas y, como ocurre en este caso de los “ERE” andaluces, ha dictado sentencia firme condenatoria. Por ello, no obstante, el partido socialista y conocidos e influyentes miembros del mismo, insisten en la inocencia de los condenados hasta extremos tan escandalosos que, con toda la razón del mundo, nos llevan a la conclusión de que algunos pretenden tener bula y a ellos no les alcanza el valor de las sentencias. Tal como el sanchismo nos va obsequiando con sus desafueros hay que concluir que, por principio, los socialistas y sus aliados no delinquen. Son hermanitas de la caridad que siempre buscan redimir al pueblo y ayudar a los más necesitados, por lo que hay que dejar que hagan con el dinero público lo que les dé la real gana. El ciudadano medio, mientras tanto, simplemente a callar y a pagar impuestos.

Pero como con este Gobierno del insomnio la capacidad de sorprender, dañando la convivencia, no tiene límites, asistimos ahora al rebote de una ministra, amparada en la imposibilidad de Sánchez para cesarla, o en su propia complicidad, en cuya virtud los jueces (ahora no aclara “y las juezas”) son unos fachas y machistas (¿las juezas también?) porque están aplicando algo tan elemental como es el principio de retroactividad para los delitos afectados por una reforma legal. Y por culpa del bodrio de una ley que pretendía proteger a la mujer de agresores sexuales, se está facilitando la puesta en libertad a tales depredadores al aplicarle las penas inferiores establecidas en la ley del “solo sí es sí”. Pese a las advertencias de que ello ocurriría, los sabios gubernamentales, por acción u omisión, dieron vía libre a un disparate de tal envergadura que solo es expresión del sectarismo y la insolvencia intelectual de la tropa que nos gobierna.

En un sistema con un mínimo respeto a los principios democráticos sería inconcebible que desde miembros del poder ejecutivo se tachara a los del poder judicial de prevaricadores, sin que de inmediato no se produjera el cese del calumniador y una posible demanda penal por parte de los ofendidos. Pero estamos en un país donde una ministra puede decir, sin despeinarse, que los jueces son insolventes, fachas y machistas por lo que deben ser reeducados porque “no tienen perspectiva de género”. Parece ser que a estas conclusiones llegó la ministra de igualdad, antes de serlo, mientras preparaba su excelso currículum desde la caja de un supermercado, al mismo tiempo que los hoy ofendidos destinaban horas y horas de unos largos años a prepararse en una duras oposiciones, desmenuzando códigos y leyes que hoy la ministra vulgariza desde la sintaxis, la lógica y el fundamento jurídico.

Resulta incluso inconcebible que tales desafueros de oportunismo e insolvencia jurídica se estén produciendo en el seno de un Gobierno que tiene a tres magistrados entre sus miembros. Mucho debe pesar la púrpura ministerial para aguantar un minuto de convivencia con tanto dislate jurídico que atenta al sentido común. Y es que lo peor de este Gobierno es ese empeño en imponer una línea ideológica en todas sus acciones. Quieren vender como corrección política la imposición de un pensamiento único, eso que algunos significados miembros del mundo cultural de la izquierda, como Sabina, definen como “puritanismo de izquierdas”.

Frente a tanta pretendida imposición procede insistir en que sólo la libertad de pensamiento trae el progreso y permite la convivencia. Solamente la verdad nos hará libres, como decimos en CINCINATOS. Seguramente por ello Sabina manifieste su decepción con la deriva actual de la izquierda y el triste fracaso del neocomunismo allí donde gobierna, como en la América latina. Es que los hombres libres, que todavía existen, tiene, como Sabina, ojos y oídos. Y todos ellos constatan la deriva degradante del Gobierno surgido del lamentable “pacto del abrazo” entre Sánchez e Iglesias, que liberó a aquel del insomnio que tenía, pero que hundió a la democracia española al submundo de la degradación.

 

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