Casado se une a la caza del dóberman Abascal

Artículo de Pedro de Tena 

La verdad es que me siento avergonzado por la inmensa y asquerosa operación de “blanqueo” político y moral a la que Pedro Sánchez nos tiene ya acostumbrados. Que señale a Santiago Abascal como el representante del odio nacional mientras se sienta en el Consejo de Ministros con dictatoriales comunistas bolivarianos, acepta el apoyo y el aplauso de los terroristas de ETA agazapados en Bildu y se alía con los separatistas en País Vasco y Cataluña. Hace falta mucha cal, mediática, política y judicial, para blanquear tanto sepulcro moral. Desde el comportamiento de la izquierda en la II República hasta las mentiras continuadas del propio Sánchez, todo entra en la operación de blanqueo de los hechos y la verdad. Con y sin crisis, sin y con pandemia.

O sea, el malo es Abascal, que no ha asesinado a nadie ni ha acosado a nadie ni ha robado dinero público ni aparece implicado en casos de corrupción ni cuestiona la democracia ni la existencia de Europa ni ataca a la Monarquía ni quiere la sumisión del poder judicial.  “Sí a España. No a Vox”, clamaba ayer el PP andaluz en un tuit que retiraba al poco tiempo de haberse hecho circular. Pero ese fue el mensaje que destiló ayer la mayoría del Congreso, con el aplauso inesperado de un Pablo Casado que se unía así a la caza de Santiago Abascal, el nuevo dóberman de la izquierda.

Recuerdo vivamente aquellos tiempos en los que desde los gabinetes de inspiración estratégica de Felipe González y Alfonso Guerra se concibió presentar al PP de Manuel Fraga y de José María Aznar como a un dóberman nacional ladrando entre desórdenes y tanques. Aquella famosa campaña de 1993, que se regurgitó en la siguiente, dividía España en dos. Una eran los socialistas, los comunistas y los nacionalistas. La otra España era el PP heredero de AP, justamente cuando estaba en una maniobra estratégica para fabricar un centro político que recordase al de Adolfo Suárez.

Ayer, Pablo Casado se unía a la cacería del nuevo dóberman que, al parecer, es Santiago Abascal. Nunca se olvidará ese momento en el que Pablo Iglesias aplaudía el disparo del presidente del PP sobre su antiguo amigo diciéndole que había pronunciado un discurso muy inteligente. Nunca olvidaremos las palabras laudatorias hacia su persona de Adriana Lastra. Nadie podrá olvidar el perdón sacramental de Pedro Sánchez, tras comprobar la dureza de la perdigonada, paralizando la ocupación del Poder Judicial. En otra sesión de blanqueo monumental, Pablo Casado pasaba de un brochazo de ser un peligro nacional a formar parte de esa España donde conviven las élites terroristas, separatistas y bolivarianas con las élites de dos partidos marcados por una corrupción sin escrúpulos.

Pero es más. El ataque de Pablo Casado a su antiguo amigo Abascal fue tan despiadado y desproporcionado que será inolvidable, de esos por los que pasa uno a la Historia. Las cosas que dijo en su versión feroz de la cacería del dóberman orquestada por la izquierda disolvente de la transición y de su espíritu le acompañarán mientras viva. No las repetiremos, pero tomemos nota de que ese Sí a España (vaya España esa a la que Casado ha unido su futuro) y No a Vox, determinado como una España a la que hay que aniquilar, es el resumen andaluz , bien certero, de su intervención.

Sí, estoy avergonzado. Durante un tiempo, los tiempos en los que ayudar al PP a gobernar eran arriesgados y peligrosos, muchos que procedíamos de diferentes ámbitos de la izquierda moral decidimos echar una mano a la necesaria alternancia política, asentar la democracia y cortar por lo sano la cacería del adversario democrático como dóberman, que entonces era el PP.

Hasta aquí hemos llegado. El Partido Popular y Pablo Casado se han alineado con quienes ni creen en la Constitución, ni creen en la democracia, ni creen en otra cosa que no sea la ocupación de una España rota para convertir lo que quede en una España exclusivamente roja. Por eso le aplaudieron, funeral, oiga Casado, y entusiásticamente. Claro, creían estar matando a dos pájaros de un tiro. O eso creían, porque muerto sólo puede quedar uno. El futuro dirá quién. Yo ya he decidido qué muerto es el mío.

Casado se divorció de sí mismo hace bien poco, con la defenestración de Cayetana Álvarez de Toledo, y ha terminado divorciándose ayer mismo de muchos otros españoles. De mi, entre otros. Pues sea.

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