¿Es posible un «pucherazo» en España?

¿Es posible un «pucherazo» en España?

Artículo de Francisco Rubiales

Son tantas las dudas y tan escasa la confianza de millones de españoles en el sistema y en la clase política que existen razones para que muchos ciudadanos sospechen que el escrutinio de votos puede ser alterado para beneficiar a un partido concreto. Ante las dudas y sospechas, es necesario revisar los controles y tomar medidas para que esa brutal canallada nunca pueda realizarse. Dudar de la limpieza en el escrutinio de votos es una de las peores tragedias que pueden afectar a una nación libre.

El 10 de noviembre volveremos a votar y necesitamos estar seguros de que el proceso será limpio.

La sociedad española ya habla abiertamente de la posibilidad de un fraude electoral y esa es una realidad tan dramática y nociva para la democracia que la clase política no puede ignorarla.

Lo importante en una democracia no es tanto que exista o no exista el fraude electoral; sino que el pueblo crea que existe, lo que equivale a una grave pérdida de confianza que en sí misma invalida la democracia y la deslegitima porque la democracia, sin confianza de los administrados en los administradores y en el sistema, deja de existir y no es más que una tiranía disfrazada. Aunque resulte duro, Internet está plagada de vídeos, memes, artículos y comentarios sobre el fraude electoral en la España del presente.

A muchos políticos les enerva e indigna que se hable de «pucherazo» porque dicen que eso socava la confianza en el sistema y en el liderazgo, pero es un argumento falso porque lo que realmente deteriora el sistema y la democracia es no afrontar ni debatir algo que preocupa a los ciudadanos y de lo que se habla ya en bares, restaurantes, puestos de trabajo y hogares. Ellos no deberían ignorar que el argumento que sostiene las sospechas de «pucherazo» es que la clase política española, si es capaz de plagiar sus tesis doctorales, de obtener títulos académicos de favor, de pactar para gobernar con los partidos más antiespañoles e indeseables, de mentir, de incumplir sus promesas, de despilfarrar hasta la locura y de convivir y participar en la orgía de la corrupción, ¿qué les va a impedir a los políticos realizar un fraude electoral para seguir gobernando? Por supuesto que no será la ética. En realidad, la clase política española carece de fuerza y autoridad moral para sostener que el fraude electoral está descartado en nuestro sistema político.

Tras analizar los últimos datos del CIS, una institución que está bajo sospecha y que en lugar de tener al frente un dirigente socialista debería estar dirigida y controlada por personas preparadas e independientes de los partidos, muchos llegan a conclusiones tan alarmantes como las siguientes: el crecimiento otorgado al PSOE es incoherente e inexplicable, salvo que se admita que todos los nuevos votantes son socialistas o que todos los votantes que se abstuvieron en 2016 voten ahora al PSOE, o que los votantes fallecidos en estos últimos años sean casi en su totalidad de derechas o que numerosos votantes de VOX, Ciudadanos y el PP se hayan pasado al PSOE, algo que parece inverosímil.

A la pregunta clave de si es o no posible un tongo electoral en España, sin duda hay que responde que «SÍ» es posible y que la única defensa frente a esa posibilidad es incrementar la vigilancia y el control de todo el proceso electoral, ya que no puede confiarse en la ética y la decencia de los políticos.

Hasta algunos partidos sospechan del fraude electoral. He escuchado a militantes y dirigentes reconocer sus dudas en privado. Muchos en VOX afirman que nos les salen las cuentas porque según sus cálculos le arrebataron más de un millón de votos. Algunos miembros del PP, Ciudadanos y Podemos también se consideran mermados.

La última encuesta del CIS vaticina una victoria más holgada del PSOE en las próximas elecciones y una derrota notable de votos en los partidos de la derecha, desde el PP a Ciudanos y VOX, pero esa encuesta suscita dudas y sospechas terribles, entre ellas la de a donde se van los votos que pierden las derechas. Si la respuesta es que se van al PSOE, es una tesis inasumible. La única explicación racional, a la vista de esa encuesta, es la duda y la sospecha de que podría ser preparatoria de un posible pucherazo.

El pucherazo no sería nada nuevo en España, donde hay sospechas fundadas y lamentables precedentes: hay que recordar el de 1931 (proclamación fraudulenta de la Segunda República) y de 1936 (Frente Popular), así como recordar la frase de Largo Caballero, en enero de 1936: “… si ganan las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada”. Más próximo a nuestros días, el referéndum de aprobación del Proyecto de Ley para la Reforma Política del 15 de diciembre de 1976 tuvo un recuento no controlado por la oposición, lento y en demasiadas ocasiones con datos contradictorios, hasta el punto que los resultados definitivos no fueron aprobados por la Junta Electoral Central hasta dos años después, el 21 de diciembre del 78. Algunos sostienen, también sin pruebas, que el referéndum sobre la OTAN fue manipulado y sus resultados alterados por el gobierno de Felipe González. En las últimas elecciones del 28 de abril de 2019 se dispararon las sospechas sobre un pucherazo en toda regla. No hay pruebas, pero si indicios, muchos de ellos recogidos en la denuncia presentada por la Plataforma Elecciones Transparentes, digna de ser analizada, en la que se defiende con argumentos que el pucherazo existió.

¿Qué hacer para evitar el amenazante pucherazo? Lo primero es ser conscientes de que el peligro y la amenaza existen y tomar todas las precauciones posibles, entre ellas controles en los mismos colegios, publicación y recuento de las actas, una por una, al margen de los procesos informáticos, que pueden ser trucados, además de contar con apoderados en todos los colegios.

Pero lo principal quizás sea difundir y tomar conciencia de la inseguridad existente en la ciudadanía y el temor que se ha despertado en la sociedad española sobre un posible fraude electoral, una sospecha que debería avergonzar a nuestros políticos y meterles el miedo en el cuerpo para que ofrezcan más seguridad y garantías a sus ciudadanos, como es su deber en democracia, aunque eso quizás sea un sueño difícil de asumir porque no existe en toda Europa una clase política más blindada, impune, protegida por medios de comunicación sometidos, con un poder tan desmesurado, tan huérfana de controles y contrapesos y tan segura de que sus abusos y arbitrariedades rara vez se pagan en los tribunales.

 

 

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