La sentencia, en realidad dictada por el gobierno de Sánchez, decepciona a la España leal y decente

Cargas policiales en el aeropuerto, tomado y paralizado por los violentos catalanes en protesta por la blanda sentencia a sus políticos rebeldes
Artículo de Francisco Rubiales
  • La verdad cruda que los españoles deben saber es que no han sido condenados por rebelión porque un día Puigdemón acordó con Junqueras, Pablo Iglesias y los pro etarras de Otegui que había que hacer presidente a Sánchez
  • Si en España funcionara la justicia contra los presidentes de gobierno como funciona en Alemania, Francia o Estados Unidos contra sus líderes políticos, Pedro Sánchez estaría ya procesado

Los protagonistas de los peores atentados contra España desde los asesinatos y la quema de iglesias y conventos en tiempos de la guerra civil recibieron ayer una condena blanda y cobarde que les permitirá dormir en sus casas dentro de unos meses. Después de defender que los políticos catalanes acusados cometieron rebelión, los magistrados, influidos por el poder político socialista, dieron marcha atrás y apostaron por una condena blanda, por simple «sedición». Los condenados, que ni siquiera se arrepienten y que ya han amenazado con volver a hacer lo mismo cuando puedan, protagonizaron hace dos años un intento de golpe de Estado que puso en serio peligro la paz, provocando odio, revueltas y rebeliones que pudieron terminar en tragedia.

Pese a ello, la Justicia española los ha tratado con menos rigor que a un delincuente que roba para comer y recibieron condenas inferiores a las de algunos violadores o que los corruptos de la trama Gürtel.

La condena llenó de tristeza y decepción a gran parte de los españoles y causó desesperación y rabia a los millones de víctimas del nazismo catalanista, que ha sembrado Cataluña y España de dolor, frustración y angustia tras haber impuesto el acoso y hasta la agresión a los que amaban a España, a los que se resistían a hablar el idioma español, a los niños que no querían ser adoctrinados en las escuelas y a miles de ciudadanos y profesionales señalados por la turba y marginados o expulsados de sus puestos de trabajo sólo porque se sentían españoles.

Todas esas víctimas del nazismo catalanista señalan hoy al Tribunal Supremo y a Pedro Sánchez con el dedo acusador, tras haber comprobado una vez más que España siempre premia a los sinvergüenzas y canallas, mientras margina a sus héroes más leales. Ocurrió con Hernán Cortes, el Gran Capitán, Blas de Lezo y muchos miles de victimas más de la sucia e indecente cobardía de los políticos de España y de su Justicia sometida.

La verdad cruda que los españoles deben saber es que no han sido condenados por rebelión porque un día Puigdemón acordó con Junqueras, Pablo Iglesias y los pro etarras de Otegui que había que hacer presidente a Sánchez, pese a que tenía solo 84 diputados del PSOE. En aquella moción de censura, indigna y apoyada por lo más sucio y desleal de la política española, en la que se expulsa a Rajoy y a sus 137 diputados para dar entrada en la Moncloa a Sánchez con 84, más los golpistas, está el origen y la causa principal de la sentencia blanda y acobardada de ayer.

El propio Sánchez llegó a decir que lo de Cataluña fue una rebelión, pero después de que lo hicieran presidente presionó a la abogacía del Estado para que transformara la rebelión en sedición, cuyas penas son más suaves y llevaderas. Los magistrados que pedían rebelión también han cedido ante los magistrados socialistas, demostrando una vez más que la Justicia española está sometida al poder político, lo que anula y deslegitima la democracia.

Si en España funcionara la justicia contra los presidentes de gobierno como funciona en Alemania, Francia o Estados Unidos contra sus líderes políticos, Pedro Sánchez estaría ya procesado.

Las víctimas del nazismo catalán se sienten hoy humilladas por la blanda y frustrante sentencia emitida contra los golpistas. Hoy lloran de rabia e indignación los miles de profesionales depurados por no ser catalanes, los perseguidos por no hablar catalán, los castigados por rotular en idioma español, los marcados por el odio y el adoctrinamiento en los colegios, los hijos de policías y guardias civiles acosados y los muchos millones de catalanes que, en silencio y rodeados de fascismo y de amenazas, se sentían españoles sin poder expresarlo.

También nos sentimos frustrados ante la sentencia insuficiente, blanda y comprensiva los millones de españoles que hemos tenido que soportar en silencio el desprecio supremacista del nazismo catalanista, los que, desde otras regiones marginadas de España, hemos soportado que el Estado premiara con inversiones, dinero y privilegios a los catalanes rebeldes y antiespañoles, y todos los demócratas que hemos vivido, escandalizados, los ataques y arremetidas de los golpistas, cargados de odio, contra España y su realidad.

España, una vez más, ha premiado a los delincuentes y sinvergüenzas, como ocurrió tantas veces en el pasado, mientras humilla y decepciona a su gente leal y decente. Prueba de ello es que el padre de la ladrona y nauseabunda brutalidad catalana contra España, Jordi Pujol, sigue libre, millonario y en familia, sin pagar sus fechorías.

Muchos de los docentes que se resistieron al nazismo catalán y que fueron aplastados por negarse a mentir y a adoctrinar niños en las universidades, institutos y escuelas se sentirán hoy abandonados y traicionados por España y, junto con los catalanes marginados por amar a España, pensarán que se equivocaron resistiendo y que les habría ido mejor colaborando con la gran mentira nacionalista y con la agresión de la Cataluña rebelde y preñada de odio, la auténtica ganadora hoy con la triste sentencia del Supremo a los presos que quisieron asesinar la nación.

España necesita un cambio profundo que nos haga recuperar nobleza, decencia y justicia, valores asesinados por nuestra falsa y cobarde democracia, un cambio que nos libre de lo peor de la sociedad, que por desgracia y apoyada en nuestra cobardía, se ha adueñado del poder y lo llena todo de escoria pestilente.

 

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