No es no. Ahora y siempre

Artículo de Luis Marín Sicilia 

Que estamos ante una crisis sin parangón desde la Gran Depresión de hace un siglo es algo que ninguna mente medianamente informada pone en duda. Que, hasta el momento, las ayudas públicas de todo tipo están evitando una visión más palmaria de la gravedad del momento, no quiere decir que tal circunstancia pueda prorrogarse indefinidamente, porque una economía paralizada o, en el mejor de los casos, al ralentí, termina agotando las reservas de cualquier colectivo que se precie.

El secretario general de la OCDE, José Ángel Gurria, declaraba recientemente que, en los sesenta años de vida de la organización no se había visto jamás una caída global de la economía mundial como la actual que supone entre el 6% y el 8% del total. Gurria alertaba de que “se están pagando prestaciones a millones de personas en Francia, en Italia, en Reino Unido, en Alemania, en España y en las economías fuertes”,  para paliar los efectos pandémicos del paro. Pero advertía de que “llegará un momento que dejará de pagarse y habrá que ver cómo se ayuda a los más desamparados”.

Que la crisis tiene en España una especial gravedad está fuera de toda duda por tratarse en nuestro caso de una economía afectada por tres factores dañados por la crisis: el turismo, prácticamente parado, las exportaciones y el comercio, prácticamente en el dique seco, y la inversión extranjera, totalmente parada ante un panorama de poca certidumbre sobre una políticas que los emprendedores califican totalmente inadecuadas para fomentar el empleo, la confianza, la seguridad y la estabilidad.

Se acercan momentos donde la ideologización a ultranza de la clase política será la principal rémora para superar las dificultades que nos acechan. Solo desde la certidumbre de que los intereses colectivos primarán sobre los partidarios podrá España superar, y con dificultades, el reto que se nos presenta. Porque son horas de tonos grises, huyendo del blanco o del negro, de tal modo que al tiempo que los partidos conservadores y liberales deben aceptar las medidas que cuiden a los desempleados, los partidos socialistas y de izquierda deben asumir que también hay que cuidar a los empleadores y a las empresas. Ayudas a los más desfavorecidos, apoyados por todas las fuerzas democráticas, y al mismo tiempo avales y ayudas a las pymes y a los emprendedores.

Para que nadie se quede atrás, la derecha tiene que aceptar el ingreso mínimo vital y la izquierda, para salvar la economía y las empresas, debe asumir una flexibilidad laboral racional, controlando debidamente una y otra medidas para evitar abusos de toda índole. Las palabras pactos, acuerdos, compromisos, consensos, son las que deben oírse sin cesar en los foros políticos, lejos del empecinamiento en la exclusión del adversario, que ha sido la tónica de los últimos años en la política española.

¿Está la actual dirigencia política capacitada por conseguir tales consensos? Si nos atenemos a la trayectoria del actual presidente del Gobierno debemos ser enormemente pesimistas. Si a ello añadimos que el socio menor de la coalición gubernamental lo lidera un activista que no entiende lo que supone formar parte de un gobierno democrático, el pesimismo sube de grado hasta hacer inviable cualquier pacto razonable. Conclusión lógica, por otra parte, cuando se sienta en el Consejo de ministros un populismo de izquierdas totalmente ajeno a los principios inspiradores de las democracias occidentales, las únicas que han conseguido amplios márgenes de libertad en un estado de bienestar hoy en riesgo por la terrible pandemia padecida.

Defender un incremento de la presión fiscal que, con el eufemismo de los ricos, nos quieren colar, provocará una huida de inversores y el empobrecimiento general, ya que las políticas intervencionistas y de subsidio paternalista, adormecen el emprendimiento, aumentan la pobreza allí donde se han instalado y provocan deslocalización de empresas y huidas de inversores. Y en todo caso, la protección a los desfavorecidos, que nadie discute, deberá estar vinculada a la búsqueda de empleo, para evitar la picaresca y el clientelismo tan perjudicial para el avance económico y social.

En definitiva, el momento tan delicado en todos los ámbitos de convivencia es de tal gravedad que se necesitarían auténticos hombre de Estado de los que tan huérfanos está la clase política española. Políticos capaces de abrir compuertas con los distintos en vez de cavar zanjas con los diferentes. Y lamentablemente, no es Pedro Sánchez el líder político que España necesitaría en este momento. No solo porque hizo del “no es no” su lema político; sino porque, pese al peso de la púrpura, a la responsabilidad que ostenta y a las sugerencias de sectores influyentes de la política europea, sigue enquistado en su negativa excluyente.

Por mucho que hable de “arrimar el hombro” Pedro Sánchez ha reconocido en declaraciones al periódico italiano “El Corriere de la Sera” que “nunca he pensado en pactar con el PP”. Por desgracia, sin el apoyo del primer partido de la oposición va a ser difícil conseguir un rescate europeo sin el que no saldremos del atolladero actual. Queda claro que Sánchez no es que no pacte, es que ni siquiera habla con la oposición desde hace más de dos meses. Y dice públicamente que jamas pensó en pactar con ella, cosa incomprensible en las cancillerías europeas. Pero, tras su reafirmación en el “no es no”, lo que ya no puede es echarle al PP la culpa de sus fracasos. Porque, curiosamente, para la izquierda, si ella no gobierna la culpa de los errores es siempre del Gobierno. Y cuando gobierna ella, la culpa es de la oposición. ¡Así da gusto gobernar!

 

Deja un comentario