Sin sectarismos ideológicos

 

Artículo de Luis Marín Sicilia

Es curioso, pero en esta España de intolerantes se llevan la palma de la intransigencia los que, a las primeras de cambio, tildan como fascista a todo aquel que se le ocurra discernir libremente sobre cualquier asunto que afecte a la convivencia ciudadana y se aleje del pensamiento único que intenta dominar una opinión publicada monitorizada casi en exclusiva por la izquierda gubernamental.
Con un desparpajo autoritario sin precedentes en la democracia española, el sanchismo, tan ajeno a la socialdemocracia del PSOE, ha ido invadiendo todos los segmentos políticos y sociales que sirven de contrapeso en las democracias que merezcan tal término. Sánchez, con la colaboración extraordinaria del avezado manipulador Iglesias, ha aprovechado la excepcionalidad de una crisis sanitaria sin precedentes para convertir en rutinaria una forma de conducirse temerariamente arbitraria. Y para ello no tiene reparo en buscar el apoyo de cualquiera que no sea el PP, al precio que sea necesario, para visualizar que los populares sólo tienen a la extrema derecha de VOX como únicos compañeros de viaje. Es una trampa saducea tan simple que hay que estar muy ciego para no captar la malévola intención del personaje, que no es otra que la de arrumbar en el extremo, como un nuevo y excluyente Pacto del Tinel, a la derecha democrática española para excluir la posibilidad de una alternativa. Que la derecha sensata no se percate de la trampa sería imperdonable para quienes creemos en la reversibilidad del gobierno en los sistemas democráticos. Que el Gobierno del insomnio piensa que va ganando la partida lo acredita esa rotunda aseveración de Iglesias que, de manera pública y solemne declara que “el PP jamás llegará al poder”.

Quizá por esa seguridad hayan perdido el pudor y los organigramas oficiales son un reguero de enchufes y colocaciones de familiares, amiguetes y conocidos, mientras se engrasan las otrora denostadas puertas giratorias y se ocupan con descaro vicepresidencias y ministerios por parejas. Con razón alguien dijo que muchos que defienden la grandeza de la República como forma de gobierno, en realidad se refieren a la república familiar que deja perfectamente colocada con su advenimiento a todos los miembros de aquella.
Después de los últimos acontecimientos, donde incluso hemos oído la voz de todo un presidente del Gobierno hacer referencia a “policías patrióticas” para desprestigiar a quienes sólo aportan sacrificio -incluso con su vida- para salvaguardar el orden constitucional, no cabe duda de que hay una ofensiva gubernamental contra la independencia de las instituciones democráticas. El personalismo de Sánchez, su tentación cesarista como única razón política, encuentra en la vocación rupturista de Iglesias un aliado excepcional que, por el momento, le sirve para sus fines egocentristas. Los más informados opinan que tal confluencia saltará por los aires en el momento en que, en el último trimestre del año, España sufra una caída espectacular del PIB y un incremento del paro y de la deuda apabullantes.
Y es que la esperanza en las ayudas europeas como elemento amortiguador de las tensiones sociales, que va a exigir recortes en el disparatado apartado de gastos que se van difundiendo, tendrá dos elementos que harán mella en la coalición gubernamental. Por una parte, la prevención de los halcones del centro y el norte de Europa, que son los que aportan rigor a las cuentas comunitarias, establecerá cautelas en la disposición de los fondos de reestructuración. De otra parte, habrá un calendario y un control en el plan de disponibilidad de los fondos que, mucho nos tememos, provocará una alergia profunda en el populismo gubernamental, ese que cree que el dinero le corresponde a la ciudadanía por su excelsa prodigalidad y no por el esfuerzo, el trabajo y el ahorro de las amplias clases medias a las que, de aplicarse sus políticas, este Gobierno llevará a su empobrecimiento y destrucción.
Hay quien piensa que será entonces cuando la convivencia resultará imposible en la coalición gubernamental. Visto como se conduce Pedro Sánchez tengo mis dudas, dado que estamos ante un personaje desprovisto de cualquier valor que no sea el de su propia y desmedida autoestima, a la cual y a su único principio inspirador que es la ostentación del poder, sacrificará cualquier criterio que le lleve a tomar decisiones que pongan en riesgo la permanencia en el mismo. Lo que, al final, puede llevar a España a una situación de bloqueo y confrontación social inimaginables hace cuarenta años, cuando se superaron los viejos fantasmas de la división de los españoles, fractura esa que algunos pretenden ahora resucitar.
Desde que Sánchez apareció en la escena política nacional se ha ido ahondando la fractura. Su “no es no, y qué parte del no no entiende” retrata a un personaje que siempre ha supeditado los intereses, no sólo de su partido sino de la nación española, a su desmedida ambición de poder. Alcanzado el mismo considera que la única forma de mantenerlo es pactando justamente con quienes quieren el cambio de régimen constitucional por las bravas o simplemente la ruptura de la soberanía nacional, en ocasiones con contraprestaciones políticas o económicas ofensivas para el conjunto de los españoles.
Cuando llegue el otoño y el negro nubarrón económico y social que se vislumbra haga mella en la ciudadanía, quizá llegue la hora de que el PSOE acredite ser un partido de estado y no sólo de gobierno. Y muchos de sus líderes y militantes, hoy callados o en el anonimato privado, se hagan eco de tantos llamamiento como vienen realizando figuras de prestigio de la izquierda democrática, como Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Valls, Nicolás Redondo y Francesc de Carreras, entre otros, y den el paso necesario para abandonar posiciones maximalistas y buscar puntos de encuentro en los sectores moderados que habitan a su derecha, desde los postulados populares, socialdemócratas y liberales que son la base de las democracias occidentales que han conseguido las mayores cuotas de bienestar social y progreso económico desde la postguerra europea.
Por el bien de España, por el bienestar de los españoles, hay que poner fin al frentismo y a la división. De ninguna de las maneras sería aceptable que tuviéramos que optar por alguno de los extremos. Los grupos moderados, que deben representar a una inmensa mayoría social, tienen una enorme responsabilidad. No es hora de contaminaciones ideológicas y partidistas sino de asumir con realismo el reto económico y social que se nos viene encima.

Deja un comentario